
Es una escena común en mi consulta: padres agotados que acuden con una lista de suplementos que dan a sus hijos, sin un objetivo terapéutico claro y sin saber si deben continuar con el tratamiento o en que momento han de parar. Debido a la presencia de protocolos estandarizados, noticias sobre los beneficios de determinados suplementos o simplemente porque algún conocido parece presentar beneficios tras la suplementación. Sin embargo es muy común cometer alguno de los errores que te presento a continuación.
La suplementación en el Trastorno del Espectro Autista (TEA) puede ser una herramienta transformadora que complementa a otras intervenciones, pero cuando se hace sin un criterio clínico integrativo, puede convertirse en un gasto innecesario o en un factor de estrés metabólico para el niño.
A continuación, te detallo los 10 errores más frecuentes que observo en la suplementación en autismo
1. Suplementar sin un objetivo claro ni una hoja de ruta
Dar un suplemento «porque es bueno para el autismo» es el primer error. Cada intervención debe responder a una pregunta concreta: ¿Cuál es el objetivo de dicha suplementación y por cuánto tiempo vamos a mantenerla? Salvo circunstancias excepcionales relacionados con diagnósticos concretos todo suplemento debe tener un inicio y un fin. Mantener suplementos de forma indefinida sin reevaluar objetivos satura las vías de eliminación del organismo.
2. La dosis importa
En el neurodesarrollo, la dosis no es solo cuestión de peso y edad. Depende de la capacidad de absorción intestinal y de la biología del niño. Una dosis insuficiente no genera cambios, pero una dosis excesiva puede empeorar la bioquímica del niño y provocar irritabilidad, hiperactividad o trastornos del sueño. En algunos casos las dosis establecidas son demasiado altas para las circunstancias biológicas del niño, si presenta polimorfismos genéticos por ejemplo.
3. La forma del principio activo es determinante
La forma en que están formulados los suplementos es determinante de forma general pero más especialmente en el caso de autismo. No es lo mismo dar Ácido Fólico que Metilfolato. Muchos niños con TEA presentan polimorfismos genéticos que les impiden convertir el ácido fólico sintético en su forma activa. Si damos la forma incorrecta, no solo no estamos ayudando a la metilación (clave para el lenguaje y el enfoque), sino que podemos bloquear los receptores celulares, empeorando el cuadro clínico. Para ello es necesario realizar pruebas que nos den información en este sentido.
4. Dar suplementos que no son necesarios
Es muy común querer probar suplementos que incluso la ciencia parece avalar en estos casos, pero debemos tener en cuenta el contexto particular de cada niño y preguntarnos si realmente son necesarios y cuál es el objetivo de la intervención y el diagnóstico que hace necesaria su suplementación.
5. Tratar el síntoma y no la raíz
La complejidad bioquímica que se presenta en autismo hace que en muchas ocasiones se quieran tratar síntomas aislados mediante suplementación sin tener en cuenta la verdadera causa raíz. Suplementar buscando tratar síntomas nos va a llevar a no solucionar el verdadero problema y cargar innecesariamente al hígado. Dar melatonina para mejorar la calidad del sueño sin hacer intervenciones sobre el estilo de vida o suplementar triptófano porque en una prueba de microbiota nos aparece disminuido es un error que busca tratar síntomas sin investigar las causas que están provocando esta situación para poder intervenir en ellas.
6. Los probióticos
El error más común es comprar el complejo con más cepas y más billones de UFC (unidades formadoras de colonias) posibles. Habitualmente estos complejos no cuentan con estudios suficientes que avalen la sinergia de mezclar dichas cepas diferentes en un solo suplemento, ya que las sinergias y competencias entre los microorganismos con complejas. En el autismo, buscamos cepas específicas para objetivos específicos y en etapas concretas de la intervención. Suplementar con estos complejos puede incluso agravar los problemas en el equilibrio microbiano.
7. El conflicto de competencias: Interacciones y absorción
El cuerpo tiene canales de absorción compartidos, lo que hace que exista un conflicto de competencia entre nutrientes y esto afecta a la hora de establecer una intervención con suplementos. Si administras minerales junto a zeolita o carbón activo, estos últimos atraparán el mineral y lo eliminarán antes de que el niño lo absorba. Del mismo modo, ciertos minerales compiten entre sí. Sin un horario estratégico de tomas, los suplementos no podrán actuar como se requiere.
8. El problema de la absorción: un intestino inflamado
Si el intestino está inflamado o tiene una permeabilidad aumentada, la absorción de cualquier suplemento será errática o nula. Antes de invertir en suplementación debemos asegurar que el ecosistema intestinal sea capaz de procesarla, abordando en primer lugar la salud intestinal.
9. Ignorar que el suplemento no sustituye al estilo de vida
Ninguna vitamina puede compensar una dieta cargada de ultraprocesados, una exposición constante a pantallas o una falta de descanso real. La suplementación es una herramienta más de la intervención, pero los cimientos son la alimentación y el estilo de vida.
10. Desconocer las fases de la intervención
Este es el error estratégico más grave. No tiene sentido empezar por una intervención si no hemos pasado por una fase inicial que prepare al organismo para poder utilizar adecuadamente los suplementos. Cada suplemento tiene su momento; introducirlos fuera de orden suele provocar retrocesos en la conducta o saturar al organismo.
Entonces ¿Por dónde empezar?
Entiendo la urgencia que sientes como padre o madre, quieres ver avances en el bienestar de tu hijo. Pero el camino no es añadir más suplementos sino entender la bioquímica de tu hijo y usarlos de forma estratégica con una finalidad concreta.
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